El placer de conducir


el placer de conducirTengo un delirio especial por los autos, los clásicos, los recientes, los motores, los estilos, la potencia y todo lo que tenga que ver con los mismos.

Sin embargo a lo largo de mi vida a pesar de tener la oportunidad de poseer varios vehículos en distintas épocas de mi corta estancia en este mundo, aún no creo haber conseguido uno que realmente me llene en todas las expectativas.

A pesar de eso, no estoy aquí para hablar de mis sueños guajiros acerca de que tipo de vehículo me gustaría poseer algún día, sino de ese pequeño momento de una relajante soledad efímera que me produce el poder conducir.

Por circunstancias extrañas de la vida, tengo que conducir entre 30 y 40 minutos diarios para llegar a mi trabajo, algunas veces suele hacerse pesado, tanto en lo económico como en lo físico, no obstante, cuando solo me concentro en conducir y disfrutar del instante, me resulta sumamente relajante.

El simple hecho de que el viento me golpee el rostro, mientras avanzo, ver lugares apartados de la ciudad aunque solo por algunos kilómetros me resulta gratamente reconfortante, siempre y cuando no maneje acelerado por cuestiones de trabajo. Me gusta escuchar la música mientras mi auto devora kilómetros de carretera.

Por instantes o algunos tramos de la carretera comienzo a hablar solo, no se porque lo hago, creo que por ahí escuche que el hablar solo en un espacio privado puede resultar sumamente reconfortante y es una manera practica de liberar estrés, pero yo lo he venido haciendo de manera natural desde que comencé a manejar.

Los que me conocen dicen que soy muy introvertido que por esa razón, me cuesta mucho ser social y aprender a expresarme ante la gente, no suelo darle la verdadera importancia a los comentarios que son sanamente halagadores, y comunmente suelo minimizar toda acción que pudiera provocar orgullo de los demás hacia mi persona, pero el conducir me permite conocer a ese “idiota natural” libre de prejuicios que puedo llegar a ser, aunque la vergüenza me cohibe cuando estoy en público, en ese instante en el que conduzco por la carretera, la pena se aleja y me permite ser libre aunque solo sea un efímero instante.

 

 

 

 

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